Más de 2.000 pandillas amenazan la seguridad ciudadana

En Bogotá, el estudio más reciente y completo sobre el tema, realizado entre el último semestre de 2006 y el primero de 2007 por el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud , Idipron, indica que el pandillismo ha crecido en forma alarmante en los últimos 15 años".

Fuente: edición No. 781 de la Revista Cambio (19-25 de junio).

Cada pandilla está integrada por entre 10 y 20 miembros, el 80% de los cuales es menor de edad. Foto: Archivo / Cambio
A VALENTINA, DE 15 AÑOS, la muerte la sorprendió cuando salía de un bar en el nororiente de Medellín. Eran las 11:15 p.m., sonaron dos disparos, cayó al suelo, murió al instante. Su mejor amiga dice que fue porque no quiso bailar con un tipo de mala pinta que estaba drogado y andaba en grupo.
Hace una semana, Ronald Cantor, de 28 años, murió de un trauma craneoencefálico después de dos intervenciones quirúrgicas. En cercanías del estadio Pascual Guerrero de Cali, su familia asegura que jóvenes de una pandilla lo golpearon con sevicia simple y llanamente porque era el ayudante de un bus en el que iban hinchas de un equipo de fútbol contrario al de sus preferencias. Una muerte absurda.

En marzo, Eisenhower Zapata, juez de Paz de Dosquebradas, Risaralda, fue internado en el hospital San Jorge de Pereira con el paladar destrozado por un tiro de un pandillero. "Si eso le hicieron al que habla con ellos, imagínese lo que nos pueden hacer a nosotros", dice Carlos, un vecino del barrio La Pradera, donde ocurrió el atentado.
Estas historias son apenas una muestra de los estragos que están causando las pandillas en muchas ciudades del país, donde se han convertido en un dolor de cabeza para las autoridades. Conocedores del tema calculan que en Colombia podría haber más de 2.000 pandillas, cada una integrada por entre 10 y 20 miembros, el 80 por ciento de los cuales es menor de 18 años. Las autoridades las asocian con el 15% de los homicidios y con el 30% de los delitos comunes, como robos y asaltos, que se cometen en el país.

Las pandillas se caracterizan porque su actividad se desarrolla en las calles. Su ámbito es urbano porque la ciudad ofrece suficientes blancos, y aunque es en los estratos bajos donde más proliferan no es un fenómeno exclusivo de ellos.
Factores como la exclusión, la violencia, el desplazamiento, la falta de oportunidades, el desempleo, el deseo de dinero fácil, el narcotráfico, el consumo de drogas... explican la aparición de pandillas que prosperan con el conflicto, bien sea con las autoridades, con la comunidad o con otras pandillas. "Los pandilleros siempre han vivido rodeados de violencia -explica Fernando Quintero, sociólogo y experto en culturas juveniles-. Desde la infancia asisten a escenarios de violencia en el hogar y casi siempre han sido víctimas de maltrato físico y verbal. Eso es lo que aprendieron y es lo que enseñan".
Los investigadores sostienen que no cualquier grupo de jóvenes constituye una pandilla, ni siquiera los que llevan símbolos -ropa, tatuajes, peinados, piercing...- que se han hecho local, nacional o internacionalmente notorios, y que es necesario diferenciar entre las pandillas propiamente dichas y las llamadas tribus urbanas que, según el investigador Leandro Ramos, "son grupos de jóvenes que se asocian en torno a formas de consumo cultural, que pueden expresar violencia en forma casual pero nunca sistemática, que es el patrón que caracteriza a las pandillas".
Según el Centro de Estudio y Análisis en Convivencia y Seguridad Ciudadana, hay dos formas de pandillismo: el que genera problemas de seguridad y gobernabilidad, asociado a organizaciones criminales que cometen delitos de alto impacto, y el que afecta la convivencia ciudadana, que se da sobre todo en los barrios y opera con menores que quieren afianzar su poder pero no dependen de una organización criminal. El primero es más común en Cali, Dosquebradas y Medellín, mientras que el segundo es más frecuente en Bogotá y Cartagena, que son las cinco ciudades donde el fenómeno está más extendido.
Ciudades calientes

En Dosquebradas, Risaralda, 52 pandillas, integradas cada una por entre 15 y 20 menores, tienen asolado al municipio de 180.000 habitantes. "Para los jóvenes, estar en una pandilla se ha convertido en una forma de ganarse el respeto, de conseguir lo que quieren, de seguir sobreviviendo, y eso lo aprovechan los nuevos capos que tratan de reclutarlos para sus propios ejércitos -dice un investigador social-. La vida ha perdido sentido en este municipio".
Las comunas más afectadas son la ocho, llamada Nuestra Señora de Chiquinquirá -barrios San Diego, Versalles, Martillo, Cerro Azul, Barro Blanco y Granada-; la nueve -desde el sector de Camilo Torres hasta el Divino Niño- y la uno -Balso, Otún y La Esneda. Cordillera, Los Rolos y Las MU se disputan a sangre y fuego el control del negocio del narcotráfico.

En Cali operan cerca de 400 pandillas, principalmente en Aguablanca y Siloé. Las tres comunas del distrito de Aguablanca más afectadas son la 13 o El Diamante -barrios El Vergel, Poblado II, Los Robles y Villa del Lago-; la 14 o Los Mangos -barrios José Manuel Marroquín, Puerta del Sol, Manuela Beltrán y Alfonso Bonilla Aragón- y la 15, donde se encuentran los barrios Mojica y El Retiro. "Aunque tengo la herencia de cuatro impactos de bala y tres puñaladas en el cuerpo, estar en la pandilla es lo que me ha permitido seguir viviendo -dice Ramiro, un pandillero caleño-. Si me hubiera retirado, hace rato estaría en el cementerio".

En Medellín el fenómeno es de vieja data. La ciudad vivió el apogeo de las pandillas o bandas de sicarios -cerca de 400- al servicio de Pablo Escobar en los años 80, que tras su muerte en 1993 se fragmentan y se venden al mejor postor: narcotraficantes y guerrilla. En 2001, las Auc hacen su aparición en la ciudad y contratan a varias de ellas para disputarse con las milicias de la guerrilla el control de las comunas y el negocio del narcotráfico. La 'guerra' la gana Diego Fernando Murillo, 'Don Berna', ex integrante de 'Los Pepes' -grupo de mafiosos que se alió para asesinar a Escobar y aportó valiosa información a las autoridades sobre la organización del capo-, que monta las llamadas oficinas de cobro para las que empiezan a trabajar casi todas las pandillas o bandas, que es como las llaman en Medellín.

Pese a la extradición de 'Don Berna' y a la desmovilización de tres bloques de las Auc y de cientos de pandilleros, en la ciudad siguen operando 180 bandas, la mayoría al servicio de Carlos Mario Aguilar, 'Rogelio', heredero de 'Don Berna', y de Daniel Rendón, 'Don Mario', los dos capos que se disputan el control de los negocios ilícitos. Los Triana, la banda más temida de la ciudad, tiene cerca de 1.2000 miembros y ejerce control sobre 40 barrios entre Medellín y Bello.
En Cartagena, principal foco de pandillismo en la Costa Caribe, el fenómeno ha surgido de la pobreza y la falta de oportunidades. Con una población de 895.000 habitantes, la ciudad registra índices de pobreza superiores al 60%, prostitución infantil y desempleo (15,8%), escasez de vivienda y servicios, situación que es caldo de cultivo para la delincuencia. "En Cartagena, el hambre y la falta de oportunidades han llevado a que el pandillismo se convierta en opción de vida", dice Lucy Lascarro, directora de Asomenores, entidad que trabaja en rehabilitación de menores infractores.
De las 27 pandillas que había en 1996, según cifras oficiales, hoy el número llega a 80. Cerca de 2.000 jóvenes están vinculados a ellas y el 80 por ciento es menor de 16 años. "Tienen graves problemas familiares, niveles educativos muy bajos y problemas de adicción al basuco y la marihuana", agrega Lascarro. Pandillas como Los Rinconcitos, Los Topacios, Los 80 de Joselito, Rincón Guapo, Los Chavos y Caguán, entre otras, se concentran en los barrios Loma Fresca, Petares, Pablo VI, Los Comuneros, Nariño, La María, y las laderas del cerro de La Popa; y en La Esperanza, María Auxiliadora, Lemaitre, San Francisco y Líbano, a orillas de la ciénaga de La Virgen.

En Bogotá, el estudio más reciente y completo sobre el tema, realizado entre el último semestre de 2006 y el primero de 2007 por el Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud, Idipron, indica que el pandillismo ha crecido en forma alarmante en los últimos 15 años. La ciudad pasó de tener 107 pandillas en 1994, a 691 en 2003, 803 en 2005 y 1.379 en 2008. En conjunto suman cerca de 19.000 miembros y las localidades que registran un aumento significativo de pandillas son San Cristóbal, que pasó de 24 en 2003 a 145 en 2007; Bosa de 32 a 135; Kennedy (162), Suba (118), Usme (131) y Rafael Uribe (104). "Nos encontramos ante un fenómeno con rasgos de persistencia, asociado a condiciones sociales y con un alza en la práctica de delitos menores y en la afectación de la seguridad ciudadana", dice Leandro Ramos, investigador principal del estudio.
Por su parte el representante a la Cámara Ángel Custodio Cabrera, que cuando era concejal de Bogotá llamó la atención sobre el fenómeno, sostiene que las pandillas se han vuelto más agresivas porque "pueden adquirir armas con mayor facilidad" y cuestiona a las autoridades por no haber podido controlar el problema.
Señala, además, que cuando un muchacho cumple el proceso de resocialización en Idipron, por ejemplo, no tiene otra alternativa que volver al medio deteriorado de donde salió porque no encuentra opciones productivas. "Por eso promoví la inclusión de una partida en el Plan Nacional de Desarrollo para incentivar el programa: 13.500 millones de pesos que se entregarán al Distrito por medio del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar en el segundo semestre de este año".


Cómo son
Según el Centro de Estudios y Análisis de Convivencia, aspectos como la territorialidad, el número de integrantes -más de 10-, los accesorios, el lenguaje, la forma de actuar, el papel que desempeña cada integrante en el grupo y una estructura jerárquica, son factores fundamentales para identificar una pandilla. "Las pandillas buscan el poder sobre un territorio que legitiman por medio de actos violentos, como intimidaciones y agresiones", explica el sociólogo Fernando Quintero.
Para los investigadores, normalmente el pandillero viene de una familia disgregada de estrato bajo, con problemas de violencia y bajos niveles de escolaridad, y ha sido objeto de algún tipo de rechazo en algún momento de su vida. Experimenta mucho resentimiento, evidencia pérdida de valores, es rebelde y tiene baja autoestima. Por eso busca reconocimiento y cree que pertenecer a una pandilla es el camino para lograrlo. "Formar parte de una pandilla en la que el que dispara es visto como un bacán, aumenta el ego", dice el sociólogo Jorge Vanegas.
De cada 10 pandilleros, nueve son hombres. "Llegan guiados por el deseo de ser aceptados en un grupo y allí encuentran un mecanismo de protección del territorio que les permite enfrentar la violencia del entorno", explica el psicólogo social Germán López. El delito que más cometen es el robo y, por lo general, actúan bajo influencia del alcohol o sustancias psicoactivas como el basuco y la marihuana. La edad de inicio está entre los 12 y 14 años.
Según la Encuesta de Comportamientos y Actitudes de Escolares (2006), hecha en Bogotá entre 87.750 alumnos de 5o de primaria a grado 11, el 28 por ciento de los niños y el 25 por ciento de las niñas presenciaron actos violentos de pandillas en sus colegios, y el 10 y el 5 por ciento, respectivamente, dijeron haber pertenecido a pandillas en el pasado. "El pandillismo está extendido y lo preocupante es que es el primer paso en la escuela de la delincuencia", dice el analista de fenómenos sociales Javier Pulido.
¿Qué hacer?


Los expertos sostienen que es fundamental la prevención, que empieza por darles a los menores oportunidades sociales para que puedan tener opciones de vida que los alejen de las pandillas y las promesas económicas que ofrecen. "Los gobiernos deben tomar conciencia de que el problema no se soluciona con pañitos de agua tibia -señala Pulido-.
Es fundamental una fuerte intervención social, crear oportunidades de desarrollo y crecimiento a los jóvenes y a la población más vulnerable, porque de lo contrario el fenómeno seguirá extendiéndose".
El capitán de la Policía Andrés Segura, que desarrolla un programa de resocialización en Dosquebradas, asegura que la clave es la formación para que en el futuro los jóvenes puedan desempeñar un oficio legal. "Ellos quieren ser útiles a la sociedad pero no tienen cómo hacerlo -dice-. En nuestro caso, estamos impulsando un programa de capacitación que mantiene a los muchachos ocupados en labores productivas y que ya nos está dando resultados".
Las iniciativas también contemplan esfuerzos de Estado para mantener a los jóvenes en las aulas y evitar la deserción escolar; programas de prevención y rehabilitación de drogas y alcohol; asistencia médica y psicológica, y proyectos de socialización con menores de siete años para evitar que caigan en las redes de las pandillas. Además, endurecer las penas para adolescentes delincuentes y fortalecer la Ley de Pequeñas Causas, con el fin de que los menores entiendan que el delito no paga. "Muchos se refugian en su condición de menores y alegan que la ley no los puede castigar por sus fechorías -dice Pulido-. El plan no debería ser punitivo pero es otra opción para desestimular el delito juvenil".
Pero mientras las buenas intenciones se cumplen, hoy gracias a las pandillas las calles viven una guerra silenciosa que mantienen bajo temor a la comunidad y en alerta máxima a las autoridades.


BOGOTÁ: LAS MÁS CONOCIDAS
LOS POCHOLOS: actúan en Patio Bonito y Kennedy, y viven en guerra por el control de territorio con las pandillas El Tablado, Los de Barranquillita, Tintadito, Los Pitines y Los Chocolates. Se dedican al hurto a personas.
LOS COBRAS: seguidores del Atlético Nacional, actúan en Kennedy. Varios integrantes han recibido tratamientos de rehabilitación por consumo de drogas.


TATO Y EL PAISA: se dedican a los hurtos pequeños. Actúan en los barrios Quirigua, Bochica I y Engativá.
LAS CALVAS: propinan palizas a hombres que maltratan a sus parejas. Operan en el Rafael Uribe, Tunjuelito y Antonio Nariño.
LAS MONAS: sus integrantes tienen relaciones de parentesco. Se dedican al hurto a personas y al robo de carros.
EL HOYITO: opera en los barrios Danubio Azul, Tunjuelito, Marco Fidel Suárez y San Carlos. Se dedica al atraco callejero y en medios de transporte público.
PERFIL DEL PANDILLERO
NIVEL PERSONAL: resentimiento, baja autoestima, pérdida de valores, rebeldía, sentimiento de rechazo, deserción escolar.
NIVEL FAMILIAR: descomposición del núcleo familiar (abandono de padre o madre), violencia doméstica, autoritarismo, desconfianza, incertidumbre.
NIVEL SOCIAL: falta de oportunidades, descomposición social, violencia, inseguridad, desplazamiento, rechazo de normas, escepticismo.


TESTIMONIO (*)
"Me dicen 'Risitas'. A los seis años mis padres se separaron y me fui a vivir con mi papá. Él era muy exigente, pero yo me le escapaba. Fue en esa época cuando empecé a coger la calle.
"Mis amigos se mantenían peleando y metiendo vicio y todo eso. En los diciembres se iban por ahí a robar y había más de un problema entre cuadras. La primera vez que metí vicio fue con ellos y la primera vez que me medí a golpes con alguien fue por una novia porque un chino le dijo que ella estaba flaca y que debía tomar sopita, y yo le contesté 'que su gran puta madre también'.
"Lo primero que me robé fue un paquete de dulces y luego, andando con los chinos, robaba a la gente que se bajaba de los buses. Luego me fui metiendo la callejeada y no podía dejarla. Perdí el miedo. Lo más grande que he hecho fue una vez que robamos una taquilla y me gané como dos millones.
"Apenas tuve mi primera arma, a los 16 años, la utilicé de una. Me sentía poderoso y que nadie me la podía montar. Una vez un enemigo llegó y me quiso sorprender. Me apuñaleó por la espalda, pero menos mal llegó un amigo y lo mató ahí.
"En las pandillas siempre hay líderes porque uno debe tener alguien que lo mande. Esa es una regla que aceptamos y respetamos.
"Hoy estoy sano y me gustaría eso sí morir de viejo, pero uno nunca sabe si podré llegar hasta allá por mi pasado y los enemigos".
(*) Entrevista realizada por el Centro de Investigación sobre Niñez y Juventud Desprotegida.