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El cartuchito: el patio trasero de Abastos

Allí está él rezando.  Le grita a Dios, le pide que lo proteja, que no lo deje caer en la tentación, que lo ayude a seguir en el camino del "bien".  Aferrado fuertemente a la Biblia se levanta de su silla, grita una vez más: "Dios mío, bendíceme hoy y siempre" y se sienta.

Faltando diez minutos para las 6:00 a.m. acaban la oración;  él toma su desayuno y sale.  Camina pausadamente hacia la Avenida Boyacá con calle 40 Sur, con la cabeza en alto y su morral al hombro.

Hace frío. El ambiente en la calle es hostil.  El polvo se come cualquier gesto de alegría o tristeza, los borra todos a su paso.  Aprieta el paso, no quiere que el frío, el tiempo ni el panorama entorpezcan su camino.

Espera diez minutos, no pasa el bus.  Ya van quince y pasó uno pero no paró, porque iba demasiado lleno.  Pasaron veinte y aún no llegaba.  Llegó el bus, iban veinticinco minutos.  Se sube, paga su pasaje y se va a la parte trasera.  Mira fijamente la ventana, mira el panorama, mira, mira y mira.  Llegando al lugar dice: "es por acá", timbra y se baja.  Camina unas dos o tres cuadras, saluda a Martica, la señora de los tamales, y sigue su camino.

Reconoce el panorama, mira Abastos, respira profundo y dice: "llegamos".  Empieza a caminar, a preguntar los valores de todas aquellas cosas que están regadas en el piso como si fuera un día de compras.  Camina tranquilamente cinco cuadras y repentinamente frena, voltea y dice: "Ojo, acá es lo caliente".
La Calle del Cartuchito

La entrada es como la de cualquier otra calle. Lo diferente es que el panorama es gris, los zorreros con sus carretillas de trabajo abundan, los indigentes en el piso y muchos de los "vendedores" están acostados, inmóviles, casi muertos al pie de sus productos.  A la entrada está la "vieja Rosa", la expendedora de droga más importante del sitio, a ella se le puede pedir desde un moño de marihuana, hasta pastas o drogas más especializadas y caras.

Unos pasos más adelante, tan sólo unos pasos, se encuentran todo tipo de artículos robados.  Venden desde un clip hasta un televisor o un computador portátil.  Claro está, no existen las garantías, las devoluciones, los reclamos o el certificado de compra.  Si funciona o no, no es problema del vendedor sino del comprador.  Los precios oscilan entre $1000 y $40.000.  Lo más caro son los computadores portátiles y lo más barato es una media.

Allí no necesariamente existen los conjuntos de cosas, pues no se venden los pares de zapatos, sino uno sólo, todo va de acuerdo con las necesidades de la calle.  Se vende también, ropa interior, tops, blusas, medias, pantalones.  El listado de precios por artículo para el comprador que va de "shopping" se puede apreciar dependiendo de la calidad del objeto.  Los pantalones a $10.000, los tops a $2000, una media a $1000, un televisor a $20.000, entre otros.

La calle del cartuchito consta de dos calles largas unidas.  Por allí circulan carros pero en realidad no son muchos, algunos de ellos pasan por acá para entrar al barrio; otros para salir de él y algunos otros para comprar, pero no precisamente los artículos ofrecidos a la vista de todo el mundo, sino aquello que es el producto esencial de aquel mercado: la droga.

La venta de todos estos artefactos que pueden ser catalogados como basura o como objetos inútiles, es en realidad una manera de camuflar la real situación de este lugar.  No es un sitio donde se venda y se compren objetos, es un zona en la que se negocia con las almas y las personas.  Allí el principal negocio es la droga;  existen todo tipo de alucinógenos y todo tipo de consumidores.

Mire la calle
¿Cómo puede usted ser
indiferente a ese gran río
de huesos, a ese gran río
de sueños, a ese gran río
de sangre, a ese gran río?

Nicolás Guillén

Escrito por: Natalia Pachón

Tomado de Bogota Occidente: http://www.bogotaoccidente.com/
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