Panorama desalentador en la sala de urgencias del Hospital de Kennedy

La sala de urgencias del Hospital de Kennedy está ubicada en medio de  rumbeaderos que destellan luces de neón; el reguetón, la salsa, la bachata y la música electrónica se confunden entre sí formando una alegre algarabía. Mientras tanto, unas cuadras más adelante, el centro médico se prepara para recibir a ciudadanos que requieren atención inmediata, unos que sufren accidentes en medio de la rumba y otros que sencillamente no soportan el dolor y no tienen otra opción que acudir al médico.

El doctor Zapata, coordinador de la unidad de urgencias, comienza su turno a las 7 p.m. Se toma un tinto, sabe que la jornada va para largo. “Lo que más me toca el corazón como médico es verlos llegar tan humildes, indefensos. A veces uno se queda corto”, dice con un dejo de voz.

Los cinco médicos que hacen parte de la unidad tienen que multiplicarse para atender al promedio de 60 pacientes que llegan en las noches críticas de fines de semana, en donde generalmente colapsa el servicio de urgencias por el sinnúmero de riñas y accidentes de tránsito que se registran en la ciudad.

No obstante, estas no son las únicas urgencias que se presentan en el Hospital de Kennedy. Ciudadanos con graves enfermedades también acuden a urgencias en busca de una solución inmediata y, por supuesto, el desespero se hace notorio. “No me han querido atender en ningún lado”, grita el esposo de una mujer que tiene una gran masa en un seno, quien se encuentra también acompañada por su mamá y suplica atención urgente.

En otro costado de la sala de urgencias, más gritos: “Me atropelló un TransMilenio. Llevo esperando 40 minutos el triage”, dice angustiado un joven que permanece sentado en una improvisada silla, con el ojo morado y la quijada desencajada.

Los pacientes que llegan a urgencias buscan a toda costa ser atendidos prioritariamente, en medio de sus dolencias están lejos de imaginar lo que sucede a su alrededor, como por ejemplo en la sala de reanimación, en donde yace un joven que sufrió un colapso producto de un trombo que llegó a sus pulmones y le imposibilita respirar con normalidad. Los esfuerzos de todos los médicos y enfermeras se concentran en realizar las maniobras para estabilizarlo en una pequeña sala, en la que apenas caben tres camillas.

“En los momentos de mayor congestión hemos tenido que reanimar gente en el piso”, asegura Zapata mientras recorre con la mirada las tres estaciones de atención del pequeño espacio. A pesar de las limitaciones, los profesionales en urgencias trabajan arduamente para salvar las vidas de los hombres y mujeres que llegan en estado crítico.

“Una vez a un joven, herido por puñal, tuve que introducirle mi mano en la caja torácica para mantener su corazón latiendo. Sus costillas me alcanzaron a raspar el guante. Por fortuna logramos llegar al quirófano a tiempo, el cual se encuentra muy retirado de la sala de urgencias”, indica Zapata.

Gracias a una ampliación reciente de 420 metros cuadrados ya no hay pacientes en los pasillos. Hay dos salas de espera, sala de observación, sala de reanimación y un consultorio de triage. Pero esto es solo  una solución temporal, y sigue sin  ser suficiente para atender a una de las localidades con mayor población de la capital, principalmente de estratos uno y dos.

“Los días complicados son las quincenas y cuando hay partido de Millonarios o Santa Fe. A mí hasta me han pegado varias veces pacientes borrachos”, afirma Zapata, quien lleva 8 años salvando vidas en la unidad de urgencias del Hospital de Kennedy.

El deber de salvar vidas

Zapata no quería ser doctor, quería estudiar para ser Ingeniero Aeroespacial, pero su padre lo convenció de iniciar medicina. “La verdad no entré muy convencido, pero una vez comencé a tratar con los pacientes, a ver la parte humana, me enamoré”.

Confiesa que hay momentos difíciles, en los que la impotencia es su principal enemigo.  Recuerda varios casos, pero narra uno en el que un joven de 23 años, por defender a su novia de un borracho, recibió una herida de cuchillo en la sien.

“El arma le atravesó prácticamente toda la cabeza. Lo llevé a TAC de inmediato. El diagnóstico decía que solo le quedaban dos horas de vida. Tuve que decirle a su pareja, también una chica muy bonita y joven. Lloré al darle la noticia. Fue muy difícil”, recuerda.

No todo lo que sucede en una sala de urgencias es negativo, también hay casos de esperanza. “Yo siempre le digo a los jóvenes que no pierdan esa parte humana con el paciente. No todo es lógica”, concluye.

Una ampliación que se quedó en veremos

Aunque se iniciaron las obras de ampliación del Hospital de Kennedy en el año 2010, con el fin de tener una sala de urgencias propia de un centro de atención de tercer nivel, en este momento el panorama es desalentador. Del proyecto de más de 31 mil metros cuadrados solo se entregó un 22% de avance de obra por parte de los contratistas.

El espacio, que sería ocupado por modernos equipos con los que se pretende atender a más de 18 mil usuarios del hospital, tiene apenas una excavación de ocho metros cuadrados y unos cimientos sin terminar.

La administración del alcalde Enrique Peñalosa se ha propuesto terminar estas obras como una prioridad en el sector salud. La idea es entregar a la ciudadanía lo que otras administraciones dejaron como un “elefante blanco”. El plan de acción para el Hospital será anunciado este miércoles.


Sala de Urgencias - Foto Diego Bautista

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