El ‘neocampesino’ bogotano que cultiva sin utilizar fungicidas

En el Verjón Alto, zona rural de Bogotá, a escasos kilómetros del centro de la capital, por lo menos 10 familias campesinas se han atrevido a incursionar en el mundo de los cultivos orgánicos y tradicionales de la zona Andina para venderlos directamente al Restaurante Casa San Isidro, ubicado en la cima del cerro de Monserrate.

El restaurante hace partícipes a sus clientes del proceso por el que pasan los productos antes de llegar a su plato, explicándoles que no es necesario exportar y que por el contrario, a pocos kilómetros del elegante lugar, se están realizando una serie de cultivos orgánicos que son subidos hasta el Cerro de Monserrate a lomo de mula para ser preparados y servidos directamente del campo a la mesa. Productos sembrados en campos bogotanos, por campesinos capitalinos.

“Jaime Aguirre, un 'neo campesino' como se autodenomina, es la persona que se ha dedicado a este tipo de cultivos incentivando a los campesinos de la vereda a retomar y rescatar las papas ancestrales que se habían dejado de cultivar y darles el valor que merecen”, dice Fernando Torres Clavijo, gerente del Restaurante Casa San Isidro.

Por lo menos 10 familias de la vereda el Verjón Alto, de la localidad de Santa Fe, cultivan y se han tomado el trabajo de conocer los beneficios y ventajas que tiene la siembra de papa andina y productos orgánicos en sus tierras. El saber cultural, ancestral, la calidad en los productos y los beneficios económicos son los motivos por los cuales estas familias se han atrevido a retomar el cultivo de las papas andinas en este sector de la ciudad.

Una de las ventajas de este ejercicio es que no hay intermediarios, los productores se entienden directamente con los consumidores por lo cual el beneficio y la ganancia económica es más evidente que en la comercialización tradicional.

“En la medida que uno les reconoce un mejor valor económico por los productos los campesinos de ven muy incentivados, ya que los intermediarios por lo regular son quienes tienen a quedarse con las ganancias, ellos no harían nada si se les pagara con precios de una plaza de mercado convencional”.

Uno de los principales problemas para los campesinos de esta zona era que no podían obtener papa sin utilizan fungicidas, por ello surgió la idea de Jaime, para retomar la siembra de semillas ancestrales, devolverle su espacio a las verdaderas cosechas de estas tierras y regresar el saber cultural a los campesinos.

“Pablo Aya, un chef experto en cocina latinoamericana, que trabaja en el restaurante, fue la persona encargada de hacer el contacto con Jaime para iniciar de retroalimentación de información y toda la logística en cuanto a los volúmenes de pedidos, conocimiento de cosechas, semillas y productos, etc.”, asegura Fernando Torres.

Una de las tareas mas importantes que ha hecho el San Isidro es lograr que cada uno de los empleados tome conciencia de la importancia de esta labor social, cultural y gastronómica, trabajo que se ha realizado por medio de visitas a la vereda; sumergiéndose en la realidad del campesino, conociendo la variedad de semillas y el trabajo agrónomo que se realiza para que el comensal pueda disfrutar de su delicioso y saludable plato mientras observa la inmensidad de la ciudad desde el mirador.

“El resultado de esos talleres y visitas fue el inicio de unos pedidos pilotos que poco a poco se han convertido en solicitudes de pedido más altas. Desde hace 8 o 9 meses no solo le compramos papa andina a las familias, sino también, flores comestibles, plantas aromáticas, albahaca, entre otras, buscando dar ejemplo para que muchos otros lugares de la ciudad se adhieran a este proyecto”, dice entusiasmado Fernando.

Con este ejercicio los campesinos han empezado a entender que vale la pena invertirle a los cultivos orgánicos, debido a que hay clientes que comprenden que están consumiendo calidad, cultura y saber por lo cual le dan el valor económico que merece.

Esto demuestra que definitivamente el ejercicio resulta ser una alianza de intereses mutuos en el que se promueven productos netamente orgánicos, tanto el cultivador, campesino bogotano y el consumidor, ciudadanos de muchas partes del mundo, salen beneficiados y satisfechos.

“Nosotros queremos lograr que los campesinos se den cuenta que si cambian el chip, ellos y sus futuras generaciones tendrán mejor calidad de vida, sobre todo si conservan los saberes tradicionales y la forma de cultivo orgánica, que tiene un mejor valor económico y cultural y así reconozcan las ventajas de vivir en el sector rural de la capital del país”, puntualiza Fernando.

Esta dinámica esta permitiendo que los campesinos se vuelvan a apropiar de cultivos de papas indígenas y ancestrales que fueron el producto nativo, que cultivaban a esta altura, en este clima y en estos terrenos hace cientos de años, por lo que re-adaptar la tierra a esos cultivos es una labor muy importante, pero lo mas relevante de este ejercicio es que la tierra rural de Bogotá vuelva a producir sin la utilización de fungicidas.

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